Diego Hurtado de Mendoza y la cuestión mora* Rocío Olivares Zorrilla Universidad Nacional Autónoma de México La crónica de la Guerra de Granada, de don Diego Hurtado de Mendoza, parece ser una de esas obras un tanto relegadas de autores más leídos y conocidos en otros terrenos genéricos. Los complejísimos vericuetos de las campañas militares en un siglo XVI en el que los caballos y la geografía hacen el ochenta por ciento de la vida histórica, parecen atraer solamente a los historiadores de la época. Pero qué decir del panorama de la crónica española, que precisamente en el siglo XVI se vio revolucionada por los sucesos de Indias, y cuyos componentes principales son básicamente los mismos de la crónica de Hurtado de Mendoza: territorios difíciles, poblaciones ariscas, ambiciones libertarias y de dominación, rivalidades políticas, reyes distantes, traiciones, cruentos castigos y engañosos desenlaces que el tiempo mismo se encarga de difuminar como vanos intentos de novelar la vida. La Guerra de Granada es también el fruto de la reposada madurez de don Diego. Lejos ya de las agendas imperiales en Roma, Venecia, Siena o Inglaterra, vencido por el ajeno ejercicio de la noción más vil de la política, cuestionado por sus soberanos en el centro mismo de su fidelidad a toda prueba, retirado, en fin, en su casa de Granada, a los sesenta y seis años de existencia Diego Hurtado de Mendoza toma el toro por los cuernos, como lo hizo, dicen, literalmente en sus años mozos, y asume la delicada tarea de relatar los sucesos granadinos de los cuales fueron protagonistas su sobrino, el marqués de Mondéjar, al frente del ejército español contra la insurrección morisca, y su sobrino-nieto, el conde de Tendilla, cabeza de la ciudad de Granada y asentado en el Alhambra. La extraordinaria erudición de don Diego –a un grado inusual en los políticos de su tiempo- comprendía estudios más que elementales de la filosofía, pues la edición corregida italiana de las obras de Cicerón siguió las anotaciones y comentarios de don Diego, según testimonio del responsable, Paulo Manucio; 1 las matemáticas, la geografía y las “antigüedades,” es decir, la arqueología; los idiomas que todo humanista veneraba: griego, latín, hebreo y árabe, además del afortunado cultivo de las letras, ocupando un lugar significativo al lado de sus contemporáneos. Acerca de sus preocupaciones filosóficas, hay que decir que don Diego se ubicó, desde su juventud, del lado de la modernidad renacentista, defendiendo el ideal de la ciencia libre a la manera de un Averroes, 2 a quien defendió como pensador en el Concilio de Trento, cuando el Emperador Carlos V le encomendó la dificilísima tarea de representar ahí sus intereses. Y a pesar de los sucesos que ahora resultan más emocionantes que reprehensibles -el bofetón que don Diego propinó al jefe de los esbirros del Papa por detener a uno de sus estafeteros; 3 la amenaza que dirigió a un cardenal de arrojarlo al río si se suspendía el Concilio; 4 el haber arrebatado un puñal y arrojado por un balcón del Palacio Real a Don Diego de Leiva, quien le reclamaba “unas coplas” 5 - todo lo que le valió, en fin, las agrias reprensiones de Carlos V y Felipe II, su “caída en desgracia” en el convencional lenguaje monárquico de aquellos tiempos, junto con el castigo del exilio a su tierra natal a edad avanzada, a pesar de ello, repito, 1 Eugenio de Ochoa, XXIII. 2 Erika Spivakovsky, 408-409. 3 Bernardo Blanco-González, 42. 4 Nicolás del Paso y Delgado, versión digitalizada de su “Introducción” a las Obras de Diego Hurtado de Mendoza. 5 Ibid.