1 LUDWIG BOLTZMANN, EL PACTO ENTRE CIENCIA Y FILOSOFÍA Moisés Pérez Marcos [Referencia completa: «Ludwig Boltzmann, el pacto entre ciencia y filosofía», en Arana, JUAN, La cosmovisión de los grandes científicos del siglo XIX, Madrid, Tecnos, 2021, pp. 143-160.] 1. Semblanza personal Ludwig Eduard Boltzmann nació en Viena (Austria) el 20 de febrero de 1844 y se suicidó en Duino (Italia) el 5 de septiembre de 1906. Fue un hombre de familia: se casó con Henriette von Aigentler, a la que quiso y con la que tuvo cinco hijos, con los que solía jugar a menudo cuando eran pequeños. Boltzmann se desenvolvía mejor en los ambientes distendidos, en los que podía mostrar su sentido del humor, que no en los ámbitos excesivamente formales, donde reinan el protocolo y la distinción de clases, cosas que siempre le incomodaron. Su carácter no era, por lo tanto, aparentemente refinado y han llegado a decir de él que era un «hombre-niño». Stefan Meyer, que fue asistente suyo en Viena, contaba de él que cuando preguntaba «¿Qué quieres?» en tono un tanto rudo, lo que realmente estaba queriendo significar era «¿En qué puedo ayudarle?» o «Por favor, tome asiento». Mach llegó a decir de él que no era malicioso sino «increíblemente ingenuo e informal». Amante del buen comer y del beber, solo perdía la capacidad numérica para contar, según su propio testimonio, cuando se trataba de cervezas y algunos vinos. Disfrutaba enormemente organizando fiestas en su casa, nadando y patinando sobre hielo. Era un hombre tremendamente sensible, capaz de emocionarse hasta las lágrimas con los colores de una puesta de sol, de asombrarse ante una composición musical (nunca dejó de tocar el piano, cosa que al parecer hacía con cierta maestría desde niño) o de reconocer la belleza de los distintos estilos matemáticos. Amante de la literatura alemana (cita la poesía de Schiller constantemente), juntó en su casa de Graz un herbario, tenía una colección de mariposas, le encantaba pasear por el campo con su perro (al que llevaba a desayunar a veces consigo a la cafetería) y, en una ocasión, para que su familia pudiese beber leche fresca, decidió comprar una vaca, a la que paseaba también como si fuese su mascota, y sobre la que inició un profundo estudio con sus compañeros de zoología acerca de la mejor manera de ordeñarla. Pero no es oro todo lo que reluce. El hecho de haber nacido entre un martes de Carnaval y un miércoles de Ceniza fue utilizado socarronamente por él mismo para justificar sus frecuentes cambios de carácter. Boltzmann padecía un trastorno bipolar que tan pronto le hacía entusiasmarse y subir a las cimas de la ilusión como desesperarse y hundirse en las depresiones más severas. Sufrió enormemente, no solo psíquica sino físicamente, a causa de los innumerables problemas de salud que fue acumulando a lo largo de su vida: su vista empeoró con los años hasta quedarse casi ciego, los ataques de neurastenia fueron en él cada vez más frecuentes, sufría fuertes jaquecas que le incapacitaban, padecía asma, llegó a tener problemas renales, tenía