LA ELECCIÓN DE UN MAESTRO Por María Teresa Cid Vázquez Amar significa dar la vida con la muerte, brotar como una fuente de agua viva en lo más hondo del alma, que convertida en llama o ascua no puede extinguirse jamás. Karol Wojtyla, El taller del orfebre Al profesor Amancio Labandeira, por su extenso y fecundo magisterio i le preguntásemos a alguien qué significa para él «aprender a amar», posible- mente la pregunta le dejaría desconcertado o no sabría contestar fácilmente. La cuestión que se desprende de la pregunta no es tanto el contenido de la misma, cuanto la elección de un maestro 1 . Toda pregunta propiamente sapiencial, que no conduce a la afirmación de un principio sino a la revelación del conocimiento pro- pio, no se puede realizar sin una persona experimentada que nos guíe por los difíci- les caminos de la intimidad. Para descubrir la verdad del amor en nuestra vida, y sobre todo, para aprender a amar necesitamos de un guía experimentado, de un maestro. Es aquí donde la novedad de la reflexión de Juan Pablo II nos puede ayudar. Él será nuestro maes- tro. En las célebres Catequesis sobre el amor humano 2 , plantea toda una antropo- 1 Cf. J.J. PÉREZ-SOBA, «Prólogo», en P.J. WADELL, La primacía del amor. Una introducción a la ética de Tomás de Aquino, Ed. Palabra (Madrid 2002) 9. 2 JUAN PABLO II, Hombre y mujer lo creó. El amor humano en el plan divino, Ed. Cristiandad (Madrid 2000). S