Otro enemigo de la adulación MONTSERRAT ALBORES * , Felipe IV escribió una carta en la cual manifestaba su deseo de nunca más ser retratado. El monarca español tenía una suerte de obsesión respecto a que la repre- sentación tuviera una escrupulosa similitud con su apariencia. En otra ocasión, el rey, enemigo de la adulación –como lo califica Jonathan Brown–, ordenó a los pintores de la corte Vicente Carducho y Diego Velázquez, a través de un documento datado en octubre de 1633, inspeccionar todos los re- tratos de la familia real para verificar que tuvieran un nivel aceptable de semejanza. Ochenta y cuatro pinturas fueron revisadas y en la mayoría de éstas las caras fueron borradas y repintadas para alcanzar mayor exactitud en la representación y mejor nivel artístico. En 1642 llegó a Madrid, prove- niente de Florencia, una escultura ecuestre realizada por Pietro Tacca. El bronce de tamaño natural, encargado ocho años antes, presentaba al momento de la entrega diferencias con la apariencia del rey. La cara fue re-trabajada por el hijo del escultor, Ferdinando, para actualizar la representación. 1 Esta actitud casi obsesiva de actualizar la representación para hacerla coincidir con la “realidad” no hace más que mostrar el operante fracaso de la imagen en relación con su sujeto. Contraria a la tradición de retratos reales de otras cortes de Europa, la de los Habsburgo, desde tiempos de Carlos V, tenía una preferencia por la representación sencilla del monarca y una suerte de repudio a la alegoría como estrategia de representación. Con la relación entre Felipe IV y Velázquez, esta austeridad en el retrato se exacerba. Brown da como muestra de ello el que durante la visita de Rubens a España, de 1628 a 1629, “he was not commissioned to execute a decorative ensemble in praise of the king” y agrega “in Madrid, his genius for allegory went entirely unappreciated”. 2 Felipe IV, junto con Velázquez, rescata como símbolo de poder el solemne traje negro que aparece en los retratos de Felipe II a partir de 1580, 3 posiblemente para invocar la gloria del imperio de su abuelo y hacer un quiebre con el reinado de su padre. Unida a esta sobriedad en el retrato, está la obsesión del rey por la fidelidad a su apariencia y el rechazo por el embellecimiento de su imagen. Si los retratos de Felipe IV tenían que coincidir con su apariencia a lo largo de su vida, entonces podemos decir que mientras más se actualiza la representación en relación con su 13 Diego Velázquez Felipe IV, 1624-1627 Óleo sobre lienzo / Oil on canvas 210 x 102 cm Museo Nacional del Prado, Madrid