133 DARWIN Y LA RELIGIÓN LETRAS 79 (114), 2008 La creatividad científica de Charles Darwin JORGE VALENZUELA GARCÉS Universidad Nacional Mayor de San Marcos jorgevalenzuela3@hotmail.com I Un reverendo que había sido capellán de la reina Víctoria siente te- rror al leer a Darwin y, desde su posición en la Iglesia, no duda en com- batirlo. Karl Marx, después de leer El origen de las especies (1859), siente el impulso de dedicarle su ópera magna El capital, pero Darwin declina el honor y aconseja al prusiano rojo que piense en otro intelectual con más méritos que él. Convencidos de sus tesis, gran cantidad de organi- zaciones del movimiento obrero europeo, durante la segunda mitad del siglo XIX, se doblega ante él y se convierte al darwinismo, no sin antes asumir el nuevo catecismo de la ciencia que su teoría ha traído al mundo de los materialistas y desposeídos. Hoy, pasados ciento cincuenta años de la publicación de su obra cumbre, las diversas comunidades cien- tíficas reconocen la importancia de su contribución en campos como la genética, etnobotánica, antropología, teología, biología, geografía, filosofía, neurología, psicoanálisis, psiquiatría o la lingüística. II La ciencia comparte con el arte el hecho de carecer de un método preescrito de creatividad. En este sentido, una de las más importantes razones por la cuales Fayerabend irrumpió con su libro Against method, hacia mediados de los años setenta del siglo pasado, fue que el método científico era una barrera a la creatividad científica y al progreso de la ciencia. O citemos el caso de Bronowski, salvando las distancias, quien sostenía que la construcción de una teoría científica estimulaba tanto la imaginación como la escritura de una novela o un poema. Pues bien,