145 Vetustos edificios, rincones opacos: los liceos como espacios afectivos. Chile, c.1870-c.1910 Pablo Toro-Blanco En 1868, el rector del Liceo de Valparaíso (el puerto marítimo principal de Chile y ciudad que rivalizaba en importancia con la capital, Santiago, en esa época), se dirigía con suma preocupación al ministro de Instrucción Pública alegando por el precario estado en que se hallaba el edificio que cobijaba a niños y jóvenes bajo su tutela. Informaba dramáticamente sobre los estragos de “una plaga tan grande de ratones que no sólo han horadado todas las murallas, sino que hacen tantos perjuicios que destruyen la ropa de los alumnos internos rompiendo los muebles en que se guarda” (ARCHIVO NACIONAL, FIV, 1868, f. 304). Al desastre de los roedores se sumaban otros tantos males: goteras, derrumbes de muros y pisos húmedos. Dos décadas después, el rector del Liceo de la sureña localidad de Talca advertía, en un oficio fechado el último día de 1889, que en el establecimiento a su cargo los estudiantes se encontraban en condiciones miserables dado que “las piezas tienen una altura de cinco metros sin ventilación, poca luz, húmedas y en muchos salones de clase no está entablado el piso” (ARCHIVO NACIONAL, FME 653, 1886-1891). Por su parte, en la lluviosa y fría Chillán, más al sur, había “salas de clase donde la luz del sol no puede penetrar en ninguna época del año”, señalaba el visitador de Liceos, Jorge Olivos. Sostenía que “da verdaderamente lástima ver, como yo lo he visto, a los jóvenes alumnos