Área: Europa - ARI Nº 29/2004 Fecha 02/03/2004 La cumbre de Berlín, el liderazgo de los “tres grandes” y el futuro de la Unión Europea Charles Powell Tema: La cumbre que convocó en Berlín el 18 de febrero de 2004 al presidente francés Jacques Chirac, al canciller alemán Gerhard Schröder y al primer ministro británico Tony Blair ha desatado un vivo debate sobre el liderazgo que pretenden ejercer los “tres grandes” en una Unión Europea que contará con 25 Estados miembros a partir del 1 de mayo próximo. Resumen: La cumbre de Berlín, supuestamente convocada para preparar el Consejo Europeo de primavera en el que se analizará la evolución de la economía europea y el progreso de la llamada “agenda de Lisboa”, arrojó escasos resultados tangibles. Ello no debería sorprendernos, ya que la filosofía del cónclave obedecía más a las necesidades políticas de los tres Estados en cuestión que a su posible contribución al desarrollo del proyecto europeo. No obstante, la cumbre ha enviado un mensaje claro tanto a las instituciones comunitarias como a los demás Estados miembros de la UE cuya importancia futura no debe minusvalorarse. Análisis: Aunque también se aprovechó la ocasión para hablar de otros muchos asuntos, la cumbre de Berlín fue convocada ostensiblemente para analizar el estado de la economía europea y el desarrollo del “proceso de Lisboa” con vistas al Consejo Europeo que tendrá lugar bajo presidencia irlandesa los días 25 y 26 de marzo de 2004. Así pareció confirmarlo el texto rubricado tras la reunión, en forma de carta dirigida al presidente de la Comisión, Romano Prodi, y al primer ministro irlandés y actual presidente del Consejo Europeo, Bertie Ahern, misiva que también recibieron los jefes de gobierno de los otros doce Estados miembros. Dicho texto hacía un diagnóstico un tanto superficial del escaso progreso registrado hasta la fecha en relación con el objetivo de Lisboa de convertir a la UE en “la región económicamente más dinámica del mundo” para finales de la actual década, subrayando a continuación la necesidad de incrementar el esfuerzo de las instituciones comunitarias y de los Estados miembros en pro de la competitividad y la innovación, pero sin poner en peligro los fundamentos del llamado “modelo social europeo”, cuya “modernización” también figura entre los objetivos de los firmantes. De forma un tanto sorprendente, dado este panorama tan poco halagüeño, en la carta se afirmaba con rotundidad que los objetivos de Lisboa podrán alcanzarse en una Unión ampliada a 25 miembros con un presupuesto que no supere el 1% del PIB europeo, ya que en realidad la clave consiste en definir un entorno regulador adecuado y en utilizar eficientemente los recursos ya existentes. Dicha afirmación permite poner en duda el objetivo real del texto, ya que la UE difícilmente podrá llevar a buen puerto reformas ambiciosas con tan exiguos medios. Por ultimo, los firmantes proponían el nombramiento de un vicepresidente de la Comisión responsable de las reformas económicas, que supervisaría la aplicación de la Agenda de Lisboa y coordinaría el trabajo de los comisarios cuyas carteras inciden sobre su desarrollo. 1 Investigador Principal, Europa, Real Instituto Elcano