Isla negra de arenas blancas: la antillanía literaria puertorriqueña Cristina Bravo Rozas Universidad Complutense de Madrid La palabra «Antillas» nos envuelve en la visión mítica de un archipiélago situado entre América del Norte y la del Sur, habitado en sus orígenes por los taínos, indios afables y pacíficos según el testimonio de Colón, que creían en el regreso de las ánimas ausentes al mundo de los vivos e invocaban a sus ancestros para que les prestaran su apoyo en empresas difíciles. Su condición isleña, sus procesos coloniales y de independencia tan diversos, desintegraron el universo de Yúcahu Bagua Maórocoti (145) -el supremo espíritu que protegía sus destinos-. Puerto Rico desde entonces queda encarcelada en su aislamiento, en su retraimiento, atrapada por su dimensión insular, «insulados en casa estrecha» (146) , condenada a la búsqueda perpetua de su identidad. Los revolucionarios del XIX -Betances, Hostos...- son los primeros en rechazar ese sentimiento de «a la deriva» en que se hallaba sumida y pretenden recuperar la fuerza de Yúcahu integrándose en una «confederación antillana» aunque previamente y como requisito necesitaban su independencia nacional. Un siglo después, José Luis González en El país de cuatro pisos (147) continúa proponiendo ese rescate de la caribeñidad esencial de su identidad colectiva y unificar el destino de Puerto Rico con el de los demás pueblos del Caribe. En su ensayo propone a su vez que de las tres raíces históricas que componen la identidad cultural puertorriqueña [112] -taína, africana, española- es el segundo piso sin duda el más importante. Este reconocimiento de la raíz africana de la cultura de las Antillas revive la valoración que se inicia en el arte vanguardista de las llamadas «culturas primitivas» -verdaderos islotes artísticos- que contenían una definición auténtica y esencial del hecho estético. Luis Llorens Torres (148) inventa un territorio antillano insular en su «Canción de las Antillas» y «poetas