Exagium 43 El tiempo que falta (fragmentos inacabados) Alex Silgado Ramos 4 Profesor universidad del tolima, idEad Entre las primeras páginas de la lentitud de Milan Kundera, se puede leer la siguiente escena: El hombre encorvado encima de su moto no puede concentrarse sino en el instante presente de vuelo; se aferra a un fragmento de tiempo desgajado del pasado y del porvenir; ha sido arrancado a la continuidad del tiempo; está fuera del tiempo; dicho de otra manera, está en estado de éxtasis; en este estado, no sabe nada de su edad, nada de su mujer, nada de sus hijos, nada de sus preocupaciones y, por lo tanto, no tiene miedo, porque la fuente del miedo está en el porvenir, y el que se libera del porvenir no tiene nada que temer. (1995, pág. 10). La imagen me parece inquietante: un hombre replegado sobre sí; un pequeño yo, que solo se tiene a sí mismo, encerrado en su narcisismo, en su autismo, incapaz de ser-con. Un individuo sin pasado ni porvenir, sin identidad, desnarrativizado; el triste refejo del hombre 4 Profesor de planta de la Universidad del Tolima, Idead. Estu- diante del Doctorado Interinstitucional en Educación, DIE-UPN; línea Educación y Lenguaje. de este tiempo sin tiempo. Busco, entonces, resonancias de esta imagen en otros textos y me repico con fragmentos que me llevan a pensar sobre el tiempo que falta. Un hombre que “corría corría corría” … Hay un cuento breve de Andrés Elías Flórez Brúm que nos da ciertas claves para leer uno de los signos de este tiempo: la aceleración. Este cuento, que tiene un nombre bastante consecuente con la realidad que narra, se llama la carrera. Y en efecto, tanto su sintaxis precisa como la reiteración y el énfasis de la palabra ‘carrera’ parecen tensionar el ritmo de la lectura y precipitar al lector, junto con el personaje, hacia una descomunal carrera en la que no solo se pierde el sentido de las cosas, sino también, la vida misma. La carrera es la historia de un tiempo que corre frenéticamente sin un puntero que marque su sentido. Un tiempo sin tiempo, es decir, sin duración, sin aroma, sin orientación. Pero, también es la historia de un hombre sin historia, esto es, sin narración, sin relato, sin identidad. Un hombre alienado, incapaz de sustraerse del imperativo de correr, correr y correr: “El hombre empezó a correr por toda la calle y de pronto se detuvo para tratar de recordar hacia dónde corría; así que sin lograrlo siguió corriendo” (Flórez Brúm, 1999, pág. 11). Uno podría decir, que es esta pérdida del recuerdo, de la memoria y esta ausencia de dirección, de horizonte, los que hacen de su vida una carrera que se precipita histéricamente hacia al sinsentido. De tal manera, que la vida, hecha de solo tiempo acelerado, de solo un “presente puntillista”, sin un ritmo articulador y orientador de sentido; se va cansando, se va agotando, se va extinguiendo. Entonces, la muerte no llega como forma fnal, como conclusión de un trayecto vital, en un tiempo justo; sino que lo alcanza a destiempo, sin agonía, como pronta ex-piración (Han, 2015), la vida le había alcanzado poco para correr; de manera que cuando presintió la muerte alcanzó rápidamente el ataúd que un día había traído corriendo a su casa, previendo que no le alcanzaría el tiempo para esto, y se acomodó